¿Consultaríamos con un chamán qué deben aprender nuestros hijos en la escuela? ¿Convocaríamos a una peña del Athletic para decidir qué cuidados paliativos deben ser administrados en la sanidad pública? ¿Acudiríamos a Aramis Fuster para resolver quién está en condiciones de adoptar o de casarse? Si no lo hacemos no es porque el chamán, la peña del Athletic o Aramis Fuster tengan más o menos seguidores sino porque no existe ninguna razón (honesta) para creer que su opinión importa. Su credibilidad no tiene que ver con su aceptación, por eso nos negamos a tomarlos en serio. No sometemos a votación la ley de la gravedad, simplemente nos limitamos a tenerla bien presente cuando nos asomamos a un acantilado.
Por esa razón resulta tan chocante que las instituciones sigan teniendo en cuenta la opinión de la Iglesia. No hay motivo. No hay, al menos, más motivo para considerar el punto de vista del Papa que el que existe para tomar decisiones sobre la vida real a partir de lo que se le pasa por la cabeza a Paco Porras. El caso de Eluana Englaro demuestra hasta qué punto la superstición sigue instalada en nuestra cultura y cuán necesario sigue siendo adoptar una posición activa a favor de los valores laicos y la erradicación de la religión de nuestras vidas. Asi lo contaba El País:
El Ministerio de Sanidad italiano ha enviado este martes una circular a todas las regiones del país en la que prohíbe a cualquier centro médico público o privado que se interrumpa la alimentación a pacientes en estado vegetativo, lo que impide así ejecutar la sentencia que autorizó desconectar a Eluana Englaro, la mujer de 38 años en coma desde 1992 tras un accidente de tráfico (…).
La sentencia del Supremo, la primera que autoriza en Italia a desconectar la sonda alimenticia a una persona con un coma irreversible, sigue causando polémica en el país. Las asociaciones católicas y los políticos conservadores continúan su campaña para evitar que esto suceda.

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